Hace 70 años, Robert Schuman pronunció su célebre “Declaración”, que posteriormente será considerada como el acto fundador de la construcción europea. ¿Cuáles son hoy en día los éxitos y los fracasos y qué falta aún por hacer respecto a los objetivos iniciales?

J-D Giuliani: Los resultados que han logrado desde entonces los europeos superan con creces todas las expectativas que hubieran podido tener los padres fundadores. Era cuestión de restablecer la paz de manera permanente: hoy en día nadie podría imaginar que un Estado miembro intentase resolver por la fuerza un conflicto con sus vecinos. Era cuestión de reconstruir una Europa en ruinas: en aquella época, nadie habría creído que el continente iba a convertirse en una potencia en materia de riqueza y prosperidad. Por eso, lo considero un gran éxito, aunque es un proyecto en el que hay que trabajar continuamente. Los Estados miembros dudan si dar el paso hacia la unión política y, sobre todo, si reivindicarlo públicamente. La integración se consigue a través de la necesidad, no de un movimiento político transparente y entusiasta.

En la declaración se puede leer que Europa ”no se hará de una vez”, sino “gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho”. Esta solidaridad se ha visto perjudicada durante la crisis del coronavirus. ¿En qué lugar ha dejado esto a Europa?

Las solidaridades de hecho existen sin lugar a dudas incluso en la crisis actual, salta a la vista que el diálogo entre los Estados miembros continúa siendo indispensable. Lo que falta es una solidaridad política y pública aceptada entre los miembros de la UE; un compromiso político avalado por los ciudadanos. La timidez de los dirigentes y, posiblemente, la dificultad de convencer de esta apertura a los demás explica esta falta de solidaridad, que representa un verdadero retroceso con respecto a otras épocas del proyecto europeo.

Pero la referencia a la declaración de Schuman (“Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho”) también significa reconocer que la integración europea solo puede avanzar de manera progresiva, teniendo en cuenta la voluntad de respetar las identidades nacionales.

Frente la crisis del coronavirus y la reacción tardía de las instituciones europeas, numerosos actores de la sociedad han dado un paso adelante para reclamar “más Europa”, y que la UE intervenga en nombre de la “solidaridad de hecho”. ¿Qué papel debería tener la sociedad europea en el futuro de la construcción europea? ¿Reconocen las instituciones este papel?

Por desgracia, exceptuando al Parlamento Europeo, las instituciones comunes hacen en general más uso de la diplomacia que de la política. Si la Comisión y el Consejo se acostumbrasen a hablar directamente con los ciudadanos y no se conformasen con incomprensibles debates técnicos entre especialistas en nombre de los intereses nacionales del momento, los ciudadanos y la sociedad civil ocuparían entonces el lugar que merecen en una democracia europea emergente. Ahora mismo no significa nada. Tampoco sirve de nada reivindicar “más Europa” si no se dice cómo y por qué.

Desde hace varios años se dice que Europa atraviesa hoy en día una crisis de liderazgo profunda, hasta el punto de que la confianza de los ciudadanos europeos está disminuyendo en varios países. ¿Cuáles son, en su opinión, las causas y las posibles soluciones?

Desde mi punto de vista, los políticos dejaron el proyecto de la construcción europea en manos de los diplomáticos. Estos últimos no tienen la culpa, ya que, sin ellos, ¡no funcionaría! Pero nuestros responsables políticos nacionales han considerado que el sistema europeo estaba bien así y se han apoyado en la comodidad que ofrecía la integración. Esto se puede aplicar en particular al euro, que protege nuestras economías, ¡quizás incluso demasiado! En mi opinión, esta es la razón del desapego de los ciudadanos de ciertos países y de la desilusión de la élite intelectual europea, que ahora mismo está completamente desierta.

Un día, delante de mí, el canciller alemán Helmut Kohl afirmó que Europa no se unificaría sola y que cada mañana había que levantarse con la intención de luchar para conseguirlo. Hay que retomar esta lucha, de manera transparente ante la opinión pública, sin mentiras ni promesas vacías. Es el mejor medio para combatir los profetas de la desgracia, extremistas que auguran la decadencia y se aprovechan de los miedos para criticar. Europa será democrática o no será. Será diversa y rica en diversidades. No será ni un estado ni un imperio, pero tendrá que seguir demostrando su valía durante mucho tiempo.

La Declaración de Schuman se pronunció en una época en la que los “padres fundadores” establecían las bases del proyecto europeo al final de la Segunda Guerra Mundial. ¿Ve usted a alguna personalidad política capaz de representar de nuevo este liderazgo y de inspirar y movilizar a los europeos?

Afortunadamente, la situación ha cambiado mucho y las grandes personalidades surgen en circunstancias excepcionales. Las que atravesamos ahora harán surgir líderes valientes capaces de compartir una visión de su país y de Europa. Por ahora, no los veo, aunque estoy en armonía con la visión que Emmanuel Macron tiene de Europa. No solo hace falta una visión, sino también una vasta experiencia, y probablemente, mucha suerte, para merecerse, mucho tiempo después, el calificativo de “gran personalidad política”. No estoy seguro de que a la Unión Europea le hagan falta. Bastaría con hombres y mujeres con buena voluntad para impulsarla. Eso no nos falta. ¡Son ellos los que tienen que actuar con determinación y valentía!